"... las cosas que es bueno tener y los días que se pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto, y no se les presta demasiada atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras, y aún horribles, pueden hacer un relato, y además lleva tiempo contarlas".
(el Hobbit)
(el Hobbit)
Dejó caer el libro sobre sus cortas piernas. Era un día de lluvia, las gotas escurrían por la ventana y apenas se dejaba ver un halo de luz, pronto anochecería y hacía frío. Se había acurrucado en aquel sillón junto a la chimenea, era su lugar preferido. Desde ahí observaba a la abuela en su mecedora con el pelo grisáceo y alborotado, veía a los gatitos ronronear entre el estambre y se alumbraba con la escasa luz que llegaba del fuego que apenas lograba calentarle un poco las manos.
Las hojas pasaban con sus blancos y frágiles dedos una tras otra y mientras no parara de llover no tenía porque dejar aquél ritual. Un capítulo y otro se los devoraba. Al llegar la noche dejaba al Hobbit junto a la mesilla de la lámpara y comía chocolates, panecillos y leche bien caliente. Sus bigotes eran bastante simpáticos, se formaban como copos de nieve a cada sorbo hasta terminarse el vaso. Luego volvía a sumir la mirada en aquellas páginas.
Así pasó todo el verano. Pensando tal vez que gracias a esas cosas horribles y estremecedoras logró compartir aquellos meses con el Hobbit, los gatitos, el chocolate, la abuela, la lluvia, los panecillos y la leche.
Soñaba con aquél anillo mágico. Se estremecía con los trasgos, orcos y lobos. "Empezó a sentir miedo, y esto es malo para pensar". Y pronto se dió cuenta que hay cosas que no vale la pena contar. El relato lo leyó y nunca más con nadie lo compartió.
"--¿Por qué habré despertado? -sollozaba-. Tenía unos sueños tan maravillosos..."
Las hojas pasaban con sus blancos y frágiles dedos una tras otra y mientras no parara de llover no tenía porque dejar aquél ritual. Un capítulo y otro se los devoraba. Al llegar la noche dejaba al Hobbit junto a la mesilla de la lámpara y comía chocolates, panecillos y leche bien caliente. Sus bigotes eran bastante simpáticos, se formaban como copos de nieve a cada sorbo hasta terminarse el vaso. Luego volvía a sumir la mirada en aquellas páginas.
Así pasó todo el verano. Pensando tal vez que gracias a esas cosas horribles y estremecedoras logró compartir aquellos meses con el Hobbit, los gatitos, el chocolate, la abuela, la lluvia, los panecillos y la leche.
Soñaba con aquél anillo mágico. Se estremecía con los trasgos, orcos y lobos. "Empezó a sentir miedo, y esto es malo para pensar". Y pronto se dió cuenta que hay cosas que no vale la pena contar. El relato lo leyó y nunca más con nadie lo compartió.
"--¿Por qué habré despertado? -sollozaba-. Tenía unos sueños tan maravillosos..."