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martes, enero 08, 2008

08/08/08

Así es cada día. Antes de que salga el sol, ese despertador rojo ya está sonando una y otra vez. Ella lo pone minutos antes, para engañarse un poco y sentir que duerme más. A las 5:00 am en punto está lista para echarse un buen regaderazo de agua fría. Y a las 5:30 ya está trotando entre los árboles de aquel lugar.

A las 6:00 todos desayunan ligero, vienen después los ejercicios de relajación y una jornada dura de brincos, lagartijas, sentadillas, piruetas y estiramientos.

Nadie imagina el esfuerzo escondido detrás de la esperada noche de glamour. El día comenzó como habitualmente lo hace, pero pasado el momento de la comida –que fue un delicioso jugo de naranja y una ensalada fresca de atún- comienzan todos los preparativos.

Primero ese vestuario que delínea perfectamente su figura y la deja moverse a su antojo. Luego a estirarse para calentar los músculos y relajarse. Se cubre entonces con una bata de toalla que la mantiene alejada del frío y se maquilla cuidadosamente. Los labios, los ojos, las cejas y pestañas. Todo queda maquillado como si se tratase de una muñeca de porcelana.

Ya frente al escenario sólo escucha los aplausos, es el sonido que más le gusta. Los reflectores no permiten que vea al público así que sabe que mientras más suenen los aplausos más lleno estará el lugar.

Las telas del escenario acarician su cuerpo y apenas se ve salir un hermoso rostro que se esconde una y otra vez, luego los brazos y las piernas hasta que aparece ella entera como deslizándose en el aire.

Es dueña de su cuerpo y sabe lo que hace, se mueve con singular firmeza y elegancia. Una vuelta y otra, y una más. Baila por todo el escenario al son de la música que la acompaña. Las expresiones de admiración se dejan escuchar cuando ella sube por aquella tela que antes la escondía. Y en lo más alto comienzan las piruetas…

Y en eso ¡no!, un golpe estremecedor seguido del silencio más largo jamás “escuchado” en el escenario se apoderó de todo el lugar.

Sofía había caído muerta en el centro del teatro. La expresión de su rostro quedó iluminada con una lágrima de dolor y terminaron por siempre sus días en el circo. Luego vinieron los demás números, los aplausos y las risas y todo siguió igual….

A las 5:00 am en punto….



lunes, septiembre 17, 2007

¡Salir de trasgos para caer en lobos!

"... las cosas que es bueno tener y los días que se pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto, y no se les presta demasiada atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras, y aún horribles, pueden hacer un relato, y además lleva tiempo contarlas".
(el Hobbit)

Dejó caer el libro sobre sus cortas piernas. Era un día de lluvia, las gotas escurrían por la ventana y apenas se dejaba ver un halo de luz, pronto anochecería y hacía frío. Se había acurrucado en aquel sillón junto a la chimenea, era su lugar preferido. Desde ahí observaba a la abuela en su mecedora con el pelo grisáceo y alborotado, veía a los gatitos ronronear entre el estambre y se alumbraba con la escasa luz que llegaba del fuego que apenas lograba calentarle un poco las manos.

Las hojas pasaban con sus blancos y frágiles dedos una tras otra y mientras no parara de llover no tenía porque dejar aquél ritual. Un capítulo y otro se los devoraba. Al llegar la noche dejaba al Hobbit junto a la mesilla de la lámpara y comía chocolates, panecillos y leche bien caliente. Sus bigotes eran bastante simpáticos, se formaban como copos de nieve a cada sorbo hasta terminarse el vaso. Luego volvía a sumir la mirada en aquellas páginas.

Así pasó todo el verano. Pensando tal vez que gracias a esas cosas horribles y estremecedoras logró compartir aquellos meses con el Hobbit, los gatitos, el chocolate, la abuela, la lluvia, los panecillos y la leche.

Soñaba con aquél anillo mágico. Se estremecía con los trasgos, orcos y lobos. "Empezó a sentir miedo, y esto es malo para pensar". Y pronto se dió cuenta que hay cosas que no vale la pena contar. El relato lo leyó y nunca más con nadie lo compartió.

"--¿Por qué habré despertado? -sollozaba-. Tenía unos sueños tan maravillosos..."



jueves, agosto 23, 2007

Los dementores del tiempo...


¿Recuerdan Harry Potter? Seguro que sí. Además se vuelve a poner de moda y algunos olvidan los libros en Londres... (¡ay! Álvaro, qué mala suerte) Recordaba ese beso terrible de los dementores y comencé a tener frío por todo el cuerpo. (Tal parece que los cuentos me atraen últimamente...) y luego recordé a Momo y sus hombres vestidos de gris... Me dio miedo. (El miedo es una pasión que cada quién experimenta de cierto modo, unos son adictos y lo buscan..., y otros le huyen..., pero todos lo sienten -sentimos...) Me di cuenta que los dementores del tiempo me besan y se roban más de lo que podría imaginar, me dejan sin tiempo y no puedo pensar. Digamos que no he tenido tiempo para pensar.(Y definitivamente que mal he escrito, hace mucho que no me salía algo tan "chafa". ¡Perdón!, ¿será la cerveza?) Y si uno no piensa, no planea, no actúa, no sabe a dónde va, se deja llevar por la deriva, pierde el rumbo (¿qué más? ¡Ah!, se me olvidaba: no tengo tiempo para pensar) Sí, los dementores se roban mucho. Nada termina, nada termina, nada termina. Apenas comienza, apenas comienza. Ya siento frío, ya siento frío. (Esto sí fue debraye, pero lo hecho hecho está y no lo borro. Tal vez mañana escriba algo sensato..., tal vez...)


miércoles, agosto 22, 2007

Once upon a time...

Roy Lichtenstein, Crying girl (1963)

Erase una vez... una pequeña niña que tenía sueños de ser grande. Convertirse en princesa, vivir en suntuosos palacios, lucir hermosos vestidos y tener un gran corazón eran sus deseos más ardientes.

Un apuesto caballero la esperaba y ella no lo notaba, pero él preparaba palacios, vestidos y su propio corazón para corresponder al gran amor de la pequeña. Era una criatura frágil como el cristal pero nadie lo sospechaba porque se escondía bien detrás de aquél roble que aparentaba ser.

Lloraba sola por las noches y creía que sus sueños nunca se harían realidad. Un buen día el príncipe no aguantó más y le declaró su amor. Aquél beso la dejó sin aliento y lo que era tristeza se fue transformando en alegría. Su rostro no podía disimularlo: era feliz porque su príncipe le tenía preparado todo eso y su corazón se fortalecía más y más junto al de él...

Erase una vez... una pequeña niña que tenía sueños de ser grande..., palacios, vestidos y sobre todo UN GRAN CORAZÓN...