No quería escribirte. Evitaba el momento de plasmar las ideas en el papel. Me sentí obligada. Tomé la pluma y dos o tres hojas. Las ideas estaban claras. Te dije no quiero, pero parece lo más conveniente. Te expuse muchas de mis dudas, inquietudes, inconformidades.
Te escribí a ti, ¿y quién me respondió? Fue una carta personal y una respuesta colectiva, impersonal. Hoy siento decepción. Cuando me preguntaron qué esperaba no dije nada. Lo que esperaba no llegó, ahora no quiero nada.
Los días pasaban y tu respuesta no llegaba. El silencio se extendió por meses. Hasta llegué a olvidar que también recibiría una carta. ¡Qué ingenua fui! Lo tenía bien experimentado -intuición tal vez-, pero quise volver a confiar...
Gracias por tu silencio. Gracias por los cabos sin atar. Gracias por una respuesta sin rostro y sin nombre. Hoy lo que siento es decepción. Decepción de ti.
¿Por qué tanto afán para que te escribiera?, ¿por qué tantas sugerencias de lo que te diría?, ¿realmente leíste esa carta? No parece o al menos no me lo creo. En una corta experiencia las palabras se las lleva el viento y la letra escrita trasciende en el tiempo. ¿Querías proteger tus intereses y dejarme indefensa?
Lo que yo te dije, si acaso lo conservas, trascenderá en el tiempo; aún cuando tu y yo dejemos esta tierra que pisam0s. En cambio "la respuesta" que me diste -que me dieron por ti-, es un grito en el vacío. Lo siento, no puedo escucharte.
¡Ojalá me leyeras!, ¿pero de qué serviría? Es como en todo, los hombres la regamos. Dicen que la guerra antes era más humana porque se peleaba de frente y se podía matar al contrincante viéndolo a los ojos; ahora no, ahora son impersonales, se lanza una bomba no importando quién caiga.
No estoy hablando de una guerra contigo. Sería perder el tiempo. ¡Pero cómo se ha pasado esa estrategia a otros "campos de batalla"! Además aún queda algo de simpatía...
Al menos sé que hice lo que debía. Tu respuesta quédatela tú. Podrías haberte ahorrado tiempo, idas y venidas; recados y mensajes. Y yo un poco de corazón.
No me malinterpreteis (como diríais) por decir lo que digo. Es tan sólo un modo de expresar algo que quien pueda entender entenderá. Ahora o luego, no importa. Llegará un momento tal en que la verdad se admirará en todo su esplendor y no valdrá más decir nada.
Me obligaste a escribir, yo no te obligaré a hacer lo mismo. Sé que te vale lo que a mi tu respuesta.