Algunos tenis llevan historia en sus suelas. Estos, tienen la suya muy particular. Fue hace tres años cuando la idea-obsesivo-compulsiva de tenerlos ma atacó. Había que hacer unos reajustes económicos y tal para que llegaran a mis manos en la fecha esperada (antes de que mi cabeza hiciera crack...) De contrabandistas llegaron a mi, así marcaron mis pasos y se fueron por la puerta grande después de haberse escabullido por la ventana.
Con ellos fui a la Universidad cuando quería escaparme al cine, me llevaron a la Sierra Gorda de Querétaro y a Yucatán. Me sacaron ampollas en Washington y en California comenzaron a tener su aroma... Cuando ya quería alejarme de ellos se hicieron indispensables en mi vida.
Grabaron en sus suelas las calles de Madrid, pisaron el kilómetro cero y llegaron al 4,523 manchados de gelatto de nocciola. Admiraron la Monalisa y se rieron con Van Gogh. Escondieron su llanto bajo las salas del Ritz y bailaron hasta hacerme perder la conciencia..
Me dijeron que había que estar en el punto de partida para admirar el horizonte y me tumbaron en la playa para sentir la brisa que de lejos aún roza mi cara. Y se quedaron en el sitio al que quiero volver, para señalarme el camino de vuelta.



